Prisioners, de Denis Villeneuve, se presenta como un thriller con pretensiones, un drama psicológico que propone pensar sobre la utilidad de la venganza.
Joseba Zúñiga
Si viste “mystic River”, y salvando todas las distancias, imaginarás con qué cuerpo saldrás del cine tras ver “prisioners”... cuando menos, un profundo desasoseigo por el ser humano.
El quinto largometraje de Denis Villeneuve (y el primero que dirige en Hollywood), ha tenido su lugar especial en el Zinemaldia 2013. Desde luego, para posicionarse así ha contado con dos elementos: el elenco (encabezado por el mediático Hugh Jackman en un papel en el que demuestra que va más allá de Lobezno), y un ambicioso guión que da cuerpo a un thriller que prentede ser una obra moralmente importante. Quizás legue a ser un referente en el género, como lo fueron en su día “Instinto básico”o “Seven”.
A diferencia, por ejemplo, de "Zodíac" (2007), de David Fincher, que no presumía de ser otra cosa que un thriller puro y duro sobre un asesino en serie, pero que en el camino iba proponiendo otras lecturas, a cual más inquietante, "Prisioners", en cambio, hace exactamente lo contrario. Ya desde la primera escena, en la que un padre severo inicia a su remiso hijo en el cruento ritual de la cacería, mientras reza en un susurro el Padre Nuestro, la película parece proclamar a gritos que no se trata de un policial más entre tantos, sino de uno que tendrá que ver con la religión, con los vínculos familiares y con atávicos lazos de sangre.
Ese padre (Hugh Jackman) y además del hijo adolescente con quien comparte esa salida de caza, tiene junto a su esposa una hija de unos seis años. Y que justo el Día de Acción de Gracias –que es todo un acontecimiento en los Estados Unidos– desaparece misteriosamente junto a una hija de la misma edad de un matrimonio amigo. La angustia, lógicamente, no tarda en apoderarse de todos y allí entra en acción el detective (Jake Gyllenhaal). Será el detectivue quien –un poco a ciegas y enfrentado a sus propios demonios– irá descubriendo en su investigación muchas más cosas de las que originalmente suponía. Es como si en ese perdido pueblo de EE.UU. más que un cuerpo de policía se necesitase todo un ejército de psiquiatras.
No hay duda de que Villenueve filma bien, con profesionalidad, con encuadres significativos (con un crucifijo colgando de manera predominante del espejito retrovisor de un auto, por ejemplo) que le recuerdan al espectador que la película no es un mero pasatiempo.
El guión sobre el que trabaja el director funciona por acumulación: cada personaje no es sólo aquel que definen sus acciones sino, sobre todo, su psicología, aquel que es producto de un pasado tan traumático como sórdido. Y cuanto más sórdido, mejor. Esto vale no sólo para el padre protagonista y el policía –que se enfrentan como las dos caras de una misma moneda, una que representa la ley y la otra la venganza–, sino también para el sospechoso número uno y para toda una galería de personajes secundarios, que tienen más de un secreto guardado en sus sótanos. Y que más que sótanos parecen mazmorras.
